‘Los superhéroes son todos
hombres, no existen superhéroes mujeres’, le sentenció él a ella aquel 8 de
marzo en los primeros días de clase. Con escasos nueve años, ella nunca había
percatado ese detalle. O sí. Pero las imposiciones de la sociedad de aquel
entonces y naturalidades de ciertas cuestiones le impedían reparar en ese
mensaje: no había superhéroes mujeres. Él le enumeró tantísimos nombres de
personajes. Ese 8 de marzo, en esa escuela, ella tuvo su primera gran pregunta:
¿Hay superhéroes mujeres?
Llegó a su casa y, sin decir hola
ni contar cómo le fue en la escuela, le consultó a su madre sobre su gran
interrogante. Su madre, contenta y sorprendida por la pregunta, le respondió:
‘la respuesta está siempre en la historia y en los libros, hija’. La hija, un
poco indignada porque esperaba una respuesta concreta de parte de su madre, un
poco curiosa por indagar sobre el tema, fue a donde le dijeron, fue a la
historia y a los libros. A veces los dibujos o las pinturas acercan a los más chicos a los libros. Y fue por ese rumbo en el que se sumergió ella. Fue ahí, en los libros y las pinturas, que conoció a Frida Kahlo, una pintora mexicana que supo sobrepasar las barreras que imponían las sociedades contra las mujeres. ‘Pies, ¿para qué los quiero si tengo alas pa’ volar?’, leyó. Frida, como esos superhéroes, volaba y hacía volar.
Pasaba hojas y hojas y ella empezaba a responderse su primer gran interrogante. Encontraba en cada línea una nueva superhéroe. Y pensaba también en lo poco reconocidas que eran las superhéroes mujeres. Encontró también que hubo una etapa en la Argentina en que Madres y Abuelas luchaban por encontrar a sus hijos y nietos secuestrados por la más oscuras de las dictaduras. Leyó que caminaban vueltas y vueltas sin cesar en Plaza de Mayo soñando encontrarlos. Leyó también que actualmente las Abuelas siguen luchando como superhéroes y ya van más de cien nietos recuperados.
También conoció a Rigoberta Menchú, una líder indígena de Guatemala y una gran luchadora por los Derechos Humanos. En 1992, Rigoberta recibió el Premio Nobel de la Paz, aunque ese premio no la convertía en mejor o peor militante. ‘Este mundo no va a cambiar a menos que estemos dispuestos a cambiar nosotros mismos’, decía Rigoberta, una verdadera superhéroe.
A la pequeña niña de escasos nueve años le gusta también el deporte. Acaso otro mundo sometido a las autoridades machistas mundiales. En su búsqueda se encontró con Nadia Comaneci, una gimnasta rumana. Leyó y después de leer lo vio cómo Nadia con catorce años iluminó los ojos de mujeres y hombres en los Juegos Olímpicos de 1976 logrando la puntuación perfecta en gimnasia. Los jueces, entre ellos seguramente hombres, no dudaron en la calificación. Habían visto una superhéroe.
Años más tarde descubrió en la literatura del escritor uruguayo Eduardo Galeano mucho más sobre las mujeres: ‘Ninguno, ninguno, ni el más macho de los supermachos tiene la valentía de confesar ‘la maté por miedo’, porque al fin y al cabo el miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo’.
Este 8 de marzo ella con muchos
más años que esos escasos nueve años recuerda aquella afirmación de su
compañero de escuela: ‘no existen superhéroes mujeres’. Para ella no fue una
afirmación, fue su primera gran pregunta. La respuesta, como siempre, estuvo y
está en la historia y en los libros. Este 8 de marzo ella marcha junto a miles
y miles de mujeres luchando por los derechos, por la igualdad y por una
sociedad más justa. Ella, como miles de mujeres más, es una superhéroe.

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