domingo, 31 de marzo de 2019

Memoria roja



Se lo dice en castellano porque no hay traducción. ‘Nunca Más’ y continúa hablando en inglés. Quien escucha eso es extranjero y está ingresando al estadio de Independiente. La atracción de ir a ver un partido de fútbol argentino lo cruzó con otro partido. Porque mientras entra, se encuentra con fotos de señoras con pañuelos blancos en una plaza, con carteles que exigen Memoria, Verdad y Justicia. Su compañero, argentino y quien lo está acompañando en este día, le explica qué significa. Lo hace en inglés, pero no tiene traducción para las palabras ‘Nunca Más’ y se las dice así. El otro partido es el de la memoria, el que se juega hace más de cuarenta años. Están las Madres, están los Hijos, están los Nietos. Todos tienen la misma camiseta.

Falta poco más de una hora para el partido y el micro con los jugadores de Independiente ya está ingresando al Libertadores de América. Pasa el portón. Ya está dispuesto a estacionar, pero debe frenar. Cinco personas están adelante del micro. Son hijos de desaparecidos. Cada uno tiene un número y lo levantan bien alto. Lo están dejando bien claro: son 30 mil.

Miguel es hincha de Independiente y también tiene puesta la camiseta de la memoria. Por eso frena y pide que la saquen una foto. Espera que pasen otros hinchas y le toman la imagen. No es la primera foto de Miguel que lo acerca a Independiente y a la última dictadura cívico-militar. El pasado 24 de marzo Miguel estuvo en la marcha como todos los años en Plaza de Mayo. Ahí la Coordinadora de Derechos Humanos del Fútbol Argentino tenía preparado once carnets de socios desaparecidos. Uno era Raimundo Villaflor, hincha de Independiente. Ese día y con ese cartel Miguel también pidió que la saquen una foto.

Francisco Madariaga llega a la cancha. Francisco es hincha de Independiente y es el nieto recuperado 101. Hace un año se lo homenajeó a él dentro de la cancha previo a un partido. Esta vez, un año después, él es quien debe rendir homenaje a dos deportistas de Independiente desaparecidos. ‘Otro 24 de marzo acá en Independiente Francisco’, le dicen mientras iba caminando y viendo las fotos de Madres de Plaza de Mayo. ‘Es hermoso todo esto’, atinó a responder.

Claudio Gómez escribió el libro ‘El partido rojo’. Una brillante crónica sobre la final entre Independiente y Talleres en 1978 en plena dictadura. Está nervioso y ansioso. Pero desborda de felicidad. Es que va a conducir el homenaje a Miguel Sánchez, atleta de Independiente desaparecido, y a Osvaldo Horacio Portas, nadador de Independiente desaparecido. Porque si de memoria y de Independiente se trata, Claudio está presente.

Mateo tiene menos de diez años y está en la cancha con su tía Esther. Ya está sentando en la platea Erico Baja. Está atento al homenaje que se está haciendo en el medio del campo de juego. ‘Tía, sacame una foto con ella’, le pide Mateo. Ella, que está sentada a pocos metros de Mateo, es Carmen Arias, es Madre de Plaza de Mayo, su hermano Ángel era hincha de Independiente y está desaparecido. Antes de entrar a la cancha, Mateo ya le había hecho otro pedido a su tía Esther. Quería una foto con el mensaje de ‘Nunca Más’ y el estadio de fondo. ‘Gané antes que empiece el partido’, resumió la tía Esther.

Es hora del encuentro entre Independiente y Vélez. El extranjero ya está sentado con su compañero dispuesto a ver eso que le atrae que es ver un partido de fútbol argentino. Pero esta vez vio además otro partido, el de la memoria. En inglés, en castellano o en cualquier idioma. Son 30 mil y fue un genocidio. Lo tiene bien claro el extranjero. Este partido lo seguimos jugando todos los días y estamos ganando por goleada.  

viernes, 10 de agosto de 2018

El futuro llegó



Llueve. Dos y cincuenta ya del jueves. Cae una gota en la mejilla de Daniela. Y otra. Y se mezcla con una lágrima. Y otra lágrima. Es lluvia, es emoción, es tristeza, es esperanza. Es todo eso la mejilla de Daniela, que llora sobre Callao a escasos metros del Congreso de la Nación. Pero ahí está, firme después de horas. Son miles, millones. Son el futuro.
Sigue lloviendo. Comienza la vuelta rumba a su casa Daniela. Y aunque está sola, vuelve juntos a millones de compañeras. Y aunque siga y siga lloviendo, y aunque la votación por un aborto seguro, legal y gratuito diga que fue treinta y ocho a treinta y uno, ella sonríe. Porque qué es perder y qué es ganar si la lucha no se abandona. Lo sabe bien Daniela eso.
Recuerda rápidamente Daniela que antes de ir a la Plaza vio que el Indio Solari posó con un pañuelo verde para la Garganta Poderosa. Y va a la música Daniela. Había una vez puede ser el comienzo de cualquier cuento, pero también el comienzo de una seguidilla de canciones. Y eso elige Daniela. Escucha y canta bien fuerte esa canción del Indio: Con los puños en alto deseando al final hacer la revolución con una canción de amor. Levanta su puño Daniela ya en el colectivo rumbo a su casa. La lucha continúa.
La lista de canciones sigue. Es sonrisa tras sonrisa. Y aunque sabe que Divididos tiene una canción que se llama ‘el 38’, ese número de senadores que no apoyó la ley, Daniela no la escucha. Pero recuerda que una vez Ricardo Mollo colgó un pañuelo verde durante todo un recital y selecciona otro tema. No cualquier tema ni cualquier letra. Todo está vivo a pesar del dolor, si le sonreís; ríos de cuerdas que vienen de vos, justo a mi corazón. Y Daniela le sonríe a todas esas chicas que están en el colectivo, que no conoce pero son sus compañeras de lucha y perseverancia.
Más y más música. Ya son más de las tres de la mañana del jueves. Daniela recuerda todos estos meses de movilizaciones, de campaña, de charlas. Se acuerda de ese 14 de junio en el que Diputados aprobó la media sanción. Y no solo de eso. Ese mismo día La Renga hizo un show a beneficio de Alejandro Medina. Lo recuerda bien Daniela porque Chizzo, el cantante, salió con un pañuelo verde atado en su muñeca izquierda. Un pañuelo verde que pedía y reclamaba un aborto libre, seguro y gratuito. Por eso escucha La Renga Daniela, porque despierta un viento en ella que todo lo empuja y lo canta bien alto en el colectivo.
Ya está cerca de su casa Daniela. Las gotas que hace unos minutos se mezclaban con la lluvia en su mejilla ya se secaron. Mira por la ventana y sigue lloviendo. Tiene tiempo para una última canción. No lo duda. Vuelve al Indio. El futuro llegó hace rato. Lo escucha, lo canta, lo piensa Daniela. El colectivo está lleno de pañuelos verde. No los guarda nadie porque la lucha sigue. Ellas son el futuro e hicieron historia.

martes, 5 de junio de 2018

Mundiales



En la mesa del bar de los martes se habla siempre de mundiales. No se esperan cuatro años para que la palabra mundial se apodere de todos los debates. Una cerveza, dos cervezas, las que sean necesarias. Todos los martes, en la misma mesa de siempre, se habla de eso, de mundiales.

Ningún integrante de la mesa del bar de los martes va a ir a Rusia. No pueden. Ellos juegan su propio mundial. Todos los días lo juegan. Y de eso hablan los martes. Una cerveza. Otra. El último en llegar fue Martín este martes, que venía de trabajar todo el día, que había perdido el colectivo, que su sube estaba ya casi sin saldo y que, así y todo, llegó al bar de los martes. Martín no jugó nunca un mundial. Ni cerca estuvo. Pero ese día fue un campeón llegando a tomar una o dos cervezas.

Ariel es, tal vez, el más futbolero. Para él, todo son mundiales. Es profesor de física y cada clase es un mundial. Festeja incluso cuando le tocan cursos de exactamente 23 estudiantes. Llegó contento este martes Ariel. Tras varios intentos de explicar varias leyes de la física, este martes logró lo que antes no podía. Aunque dijo sin soberbias ni autobombos. ‘Me salvó Messi’, sentenció en la mesa del bar de los martes. ‘Vieron que Messi desafía todas las leyes de la física. Bueno, hicimos jugar a la física contra Messi. Obvio, ganó Messi’, confirmó Ariel. Claro, también habían ganado él y sus estudiantes que entendieron todas las leyes de la física y fueron unos campeones del mundo.

Héctor, como Ariel, se mide por mundiales. Llegó este martes con una sonrisa más grande de la sonrisa de siempre. Y había un motivo. La chica que conoció en el mundial de Alemania 2006, esa misma chica que en Sudáfrica 2010 estaba tan lejos como ese mundial para los propios sudafricanos, la misma chica que en el mundial de Brasil 2014 le contó que vería los partidos de Argentina con una camiseta del ‘86 y él pensó en Maradona, esa misma chica le dijo que sí a una invitación. Un mundial es eso para Héctor, un motivo para sonreír. Y tiene la esperanza que éste sea su mundial.  

Claudio llegó antes que todos. Necesitaba una, dos, tres cervezas. O más también. Venía de reprobar un examen de historia en la universidad. Sin embargo, tenía claro que a veces en la vida, como en los mundiales, se gana, otras se empata, pero muchas veces se pierde. Lo fundamental es intentarlo. Y Claudio estaba convencido que había intentado aprobar ese parcial. Tal vez ese no era su mundial. Tarde o temprano tendría otra oportunidad.

En la mesa del bar de los martes no son todos varones. Ni se necesitan ser sólo hombres para hablar de mundiales. Daniela se sentó una vez en la mesa de los martes y nunca más faltó. Este martes llegó de verde. No tuvo que aclarar el motivo de su vestimenta. Para Daniela cada lucha por la igualdad de género es un mundial. Y junto con muchas más como ella vienen ganando muchos mundiales durante los últimos años.

Tres, cuatro, cinco cervezas. La mesa del bar de los martes estaba completa. Rusia está a la vuelta de la esquina. O más lejos para estos integrantes. Pero lo van a jugar, como juegan todos los días su mundial. No saben si lo van a ganar. Pero de algo están seguros: lo van a intentar.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Un Huracán insoportablemente vivo



Sábado 29 de julio. Ya no había razón para la demora. Habían pasado diez años de la última vez en Buenos Aires.  Se terminaban finalmente los comunicados con inexplicables excusas que impedían su vuelta. Eran las 21.30 en punto en Huracán. Cuarenta mil personas empezaban a saltar con los primeros acordes. Nada nos detendrá se escucha. Era La Renga. En Buenos Aires. Al fin.

Era el primero de, hasta ese momento, cuatro recitales. La banda de Mataderos volvía a tocar en Buenos Aires después de diez años. Corazón fugitivo y Nómades abrían el show. “Vinimos a hablar de poder”, aseguró Chizzo. No dejes que se roben tu luz le decía a cada uno que estaba en Huracán. “Che, no se suban a los alambrados. No vaya a ser cosa que mañana vengan a romper las pelotas”, pidió por favor el cantante. “Creo que hoy las canciones hablaron por si solas”, sentenció con claridad nuevamente Chizzo. Y aunque venga el aguafiesta nos vamos a reír igual Ja! sonaba en todo Buenos Aires para que lo escuchen incluso los que no estaban adentro de la cancha. Treinta temas en el primer recital de La Renga. Ni un solo incidente antes, durante y después. Quedaba claro: no había razón para tanta demora.

Miércoles 2 de agosto. Sí, miércoles. Até con tripa mi corazón; sin más que eso salí a la cancha. Otra vez cuarenta mil corazones hacían explotar Huracán. Era La Renga. Sonaba Tripa y Corazón, y abría el segundo recital. La lista pensada eran 30 canciones nuevamente. En la número 19 figura “En el baldío”. Ya estaba por finalizar el tema cuando se apaga todo. Las luces, el sonido, todo. Pasaron minutos que parecieron años. Se encendieron algunas luces, sonaron algunos acordes. “Siempre hay un boludo que se lleva puesto un cable. Vamos de vuelta. Las garras de un terrible ser”. Chizzo volvía a hacer vibrar todo Buenos Aires.

Sábado 5 de agosto. Otra vez Huracán. Otra vez sábado. Otra vez sin incidentes antes, durante y después. Otra vez La Renga en Buenos Aires. En una selva de mentes viejas; habrá también que saber soñar; sobre una almohada de piedra. Era el tercer show. Era un sueño. La Renga hacía delirar miles de personas una vez más. Estaba insoportablemente vivo.

Miércoles 9 de agosto. Era el cuarto recital de La Renga en Huracán. Chizzo le avisaba a las cuarenta mil personas que iban a haber dos show más a fines de agosto. “Cuando venía para la cancha vi la Luna. No sé si alguno la vio. Yo la vi posada sobre los techos de Pompeya”, introducía el cantante. Todo Huracán iba a bailar a la nave del olvido.

Las cuatro pantallas ocupan casi toda la cabecera de la platea Mirave del estadio. Esta vez no aparecía cada integrante de la banda en una pantalla diferente. Este miércoles era la misma cara en las cuatro pantallas. Era la imagen de Santiago Maldonado. Ya habían pasado ocho días desde que estaba desparecido. “Que aparezca, por favor”, pidió Chizzo. Pobreza y dolor sólo trajo el progreso. No había dudas del pedido.

Llegaba un descanso. Terminaba la primera tanda. Una fiesta. Más de 150 mil personas habían dicho presente en Huracán. Era algo tan grande como el cielo y las montañas. Dejando atrás mil razones en el tiempo. Había más. Dos shows más para certificar que el rock and roll no morirá jamás.

Sábado 26 de agosto. Anteúltimo show. Era el bonus track. Habían pasado ya 25 días desde la desaparición de Santiago Maldonado. “¿Santiago dónde está, Santiago dónde está?” preguntaban cuarenta mil voces. Y alguien se encarga de encerrarte; y otro prepara el fin del mundo; y tan lejana queda la esencia; que sólo el hecho de encontrarte para mí; le da sentido a mi vida. La Renga y el viento que todo empuja. “Que aparezca Santiago”, pide Tete –bajista de la banda-. Un Huracán lleno de verdades y una sola pregunta.

Miércoles 30 de agosto. Pasó un mes del primer recital. Era turno del último. Escapando en la noche; voy a dejarlo todo atrás. Corazón fugitivo abría la sexta noche. “Tiempos complicados son los que estamos viviendo. Así que lo mejor es que estemos juntos”, da comienzo Chizzo a una histórica versión de A tu lado. Sentirte a mi lado me hará mucho mejor. Y siguió. Ojos que no ven, corazones que no sienten. Era ‘Cuando estes acá’. Era La Renga.

Pero fuera de Huracán seguía faltando alguien. Santiago Maldonado seguía y sigue desaparecido. Y La Renga continuó pidiendo lo mismo, que aparezca por favor. Subió al escenario el músico Rubén Patagonia y todo Huracán se volvió a preguntar: ¿Santiago dónde está, Santiago dónde está? ‘Lo frágil de la locura’ fue el himno que hizo emocionar una vez más a miles de personas. Las cuatro pantallas volvían a mostrar la cara de Santiago.

El final es donde partí. Sí, acá en Huracán hace un mes partía La Renga. Dejame ver, que hay para saborear esta vuelta. Pero esta vez el banquete estaba servido. Había Buseca y vino tinto. Esta noche Mirtha, te invito a morfar. “Ahora nos vamos a guardar un tiempo”, son las últimas palabras de Chizzo en Huracán. “Vamos a grabar un disco nuevo. Durante este mes quedó demostrado que se puede tocar en Buenos Aires sin ningún incidente. Así que ojalá podamos presentar el disco nuevo acá en Buenos Aires”. Fue La Renga en Huracán. Más de 200 mil personas. No había razón para tanta demora. 

jueves, 22 de junio de 2017

Una clase de 10



La primera vez que la profesora de literatura de séptimo año tuvo que dar clases un 22 de junio no entendía por qué los estudiantes no le prestaban su deseada atención. Una hora buscando y buscando diferentes enfoques para atrapar a sus alumnos en el tema que correspondía a esa clase: escritores latinoamericanos. Llegó la hora del recreo y observó el comportamiento de los chicos. No lograba entender en torno a qué giraba la distracción de ellos. Hasta que oyó fuerte y a lo lejos a uno de ellos relatar el segundo gol de Diego Maradona a los ingleses el 22 de junio de 1986 en el Mundial de México. La profesora sin dudar ya ideaba cómo encarar su segunda hora de clase.

Sonó nuevamente el timbre y el aula los reunió. La profesora de literatura de séptimo año sacó un ejemplar de “Los hijos de los días” del escritor uruguayo Eduardo Galeano. Buscó el día 13 de julio y leyó “El gol del siglo”. El 13 de julio de 2002, cuenta Galeano, el segundo gol de Maradona a los ingleses fue elegido el mejor gol del siglo XX. “Ésa fue la última imagen del mundo que vio Manuel Alba Olivares. Él tenía once años, y en ese mágico momento los ojos se le apagaron para siempre. Ha guardado el gol intacto en su memoria, y lo relata mejor que los mejores locutores. Desde entonces, para ver fútbol y otras cosas no tan importantes, Manuel pide prestados los ojos de sus amigos”. Los alumnos de aquel séptimo año leyeron las 365 páginas de “Los hijos de los días”.

La segunda vez que la profesora de literatura de séptimo año tuvo que dar clases un 22 de junio no recordaba esa primera vez que no conseguía contagiar la literatura latinoamericana en sus estudiantes. Esta segunda vez coincidió el 22 de junio con el tema escritores y dibujantes. Y aunque el humor de los dibujantes a veces facilita el aprendizaje, los chicos de ese séptimo año seguían desoyendo las enseñanzas de la profesora. Luego del recreo y luego de recordar aquel primer 22 de junio en el que Maradona y Galeano tiraron paredes en su aula para conocer a los escritores latinoamericanos, esta vez la profesora de séptimo hizo jugar a Roberto Fontanarrosa con Diego. En esta ocasión les leyó “Aquel gol a los ingleses” en el que en una parte el Negro Fontanarrosa sintetiza: “Y entonces, Diego, mientras cae sacudido por el trancazo postrer del último pirata, mientras imagina el rictus amargo de la Thatcher mirando la TV allá en su reino, le da a la pelota un empujón cordial con el empeine, bien rastrero, y le dice ‘metete allá’, entre las redes, antes de caer sintiendo el gusto verde del césped entre los labios. Y es cuando muchos, casi todos, digamos todos, pensamos que no se equivocó nunca, pero nunca jamás, a lo largo de toda la jugada”. Los chicos ese día fueron en busca de más y más cuentos del Negro Fontanarrosa.

La tercera vez que la profesora de literatura de séptimo año tuvo que dar clases un 22 de junio fue el jueves 22 de junio de 2012. En esta oportunidad, no esperó a que suene el timbre del recreo para entender qué era lo que estaba sucediendo. Los estudiantes seguían pensando como todos los 22 de junio en lo que dibujó Maradona para toda la eternidad en 1986 en el Estadio Azteca. A la media hora de clase, buscó rápidamente el cuento “Maradona si, Galtieri no” de Osvaldo Soriano. Solamente bastó leer el primer párrafo para que los chicos recuerden lo que habían estudiando el 2 de abril a 30 años de la Guerra de Malvinas y se interesen por más y más historias. “Cuando Diego Maradona saltó frente al arquero Shilton y le pasó la pelota con una mano por encima de la cabeza, el concejal Louis Clifton tuvo su primer desmayo en las Malvinas. El segundo, más prolongado, ocurrió cuando Diego dribleó a media docena de ingleses y consiguió el segundo gol de Argentina. Afuera un viento helado barría las desiertas calles e Port Stanley y las tropas británicas estaban en el cuartel oyendo, azoradas, cómo el pequeño diablo del Nápoli les arruinaba el festejo del cuarto aniversario de la reconquista de los que ellos llaman las Falkland”.

Este jueves 22 de junio de 2017 la profesora de séptimo año recordó mucho antes de sus alumnos que día era. Escribió en el pizarrón “Me van a tener que disculpar”. Y le leyó a sus estudiantes: “Así que señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que se supone debo juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo esos dos goles a Inglaterra. Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas. Porque ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó por acumular un montón de presentes vulgares encima de ese presente perfecto, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo para toda la vida. Yo conservo el deber de la memoria”. Y agregó: “Es un fragmento de ´Me van a tener que disculpar´, el cuento de Eduardo Sacheri. Hoy, chicos, la clase es sobre Maradona”. 

lunes, 8 de mayo de 2017

Literatura clásica



En la semana previa al clásico, en la mesa de los lunes se hablaba del clásico. Todo giraba alrededor del partido que se jugaría el siguiente domingo. Era el único lunes en el que tema no se negociaba por algún otro tema. Una mitad de Independiente y la otra de Racing llenaban de anécdotas, historias y partidos la mesa de los lunes.

Ese lunes, como todos los lunes que anteceden a un clásico, se habló de los clásicos entre Independiente y Racing. Ese lunes, Marcelo, integrante de la mitad de Racing, preguntó: “¿dónde se unen Racing e Independiente?”. Lo preguntó sin conocer una respuesta certera. Los otros, los de Independiente y también los de Racing, pensaron y debatieron ese lunes en torno a esa pregunta.

El primero fue Gustavo, de Independiente, quien hacía unos días se había emocionado con “El secreto de sus ojos”. “Eduardo Sacheri escribió el guión de la película ‘El secreto de sus ojos’. Una de sus escenas se lleva a cabo en la cancha de Huracán en medio de la hinchada de Racing y Sacheri es de Independiente”. Ese primer argumento era digno de un Oscar, pero no sería la respuesta final.

El segundo fue Alejandro, de Racing, que se había sumergido en los cuentos de Ariel Scher en ‘Deportivo Saer’. “En el cuento ‘Mi vecina y Pavlovsky’, Scher recuerda a Arsenio Erico, máximo goleador de Independiente y del fútbol argentino. Scher es de Racing y escribe como Erico hacía goles, un montón. Y cuando lean ‘Deportivo Saer’ disfruten de la tapa, hay un hincha de Independiente y la dibujó otro hincha del Rojo”. La unión que propuso Alejandro dejó entusiasmados a todos de lectura, pero esa tampoco sería la respuesta final.

Las uniones iban y venían entre la mitad de Racing y la mitad de Independiente. Tiraban paredes entre películas y libros, o sea entre Bochini y Rubén Paz o entre Milito y Milito. Pero nunca llegaban a una conclusión o una respuesta que sentencié dónde se unen Racing e Independiente. Hasta que entró él. Y es él porque nunca supieron su nombre ni lo volvieron a ver. Entró, escuchó lo que hablaban en la mesa de los lunes y se acercó. “Yo sé la respuesta”, le dijo a la mitad de Independiente y a la mitad de Racing. Todos lo miraron sorprendidos y sin emitir una palabra repreguntaron todos con la mirada cuál es entonces.

“¿Conocen a Roberto Santoro? Era periodista, poeta y militante. Recopiló diferentes textos de fútbol, cuentos, poemas, canciones, en lo que fue, tal vez, una de las primeras antologías sobre fútbol. La tituló ‘Literatura de la pelota’. Ahí, casi al principio, incluyó a Celedonio Flores, a Racing y a Independiente:
Y las fiestas del músculo…
y las fiestas Racing, Independiente y sus hinchadas
la gloriosa academia de otros tiempos
los rojos de sangre endemoniada.
Los Perinetti, Ochoa, Paternoster,
del Giudice, Stagnaro. Que pavada.
Y Seoane y Orsi y Ravaschino
y Lanín y… la flor de la patada”.

Todos miraban y escuchaban atentos a ese hombre que se sumó ese único día a la mesa de los lunes. Y el hombre siguió. “Santoro era hincha de Racing. En 1977, lo desapareció la más oscuras de las dictaduras. Sin embargo, no lograron desaparecer su obra. Vayan y busquen la reedición de Literatura de la pelota que hizo Lilian Garrido y en la tapa van a encontrar la respuesta a su pregunta”. El hombre no dijo más y se retiró de la mesa de los lunes. En su mano llevaba el libro “Los desaparecidos de Racing” de Julián Scher, recientemente publicado.

La mitad de los de Independiente y la mitad de los de Racing se siguen juntando todos los lunes. Y en la mesa de los lunes que antecede al clásico de Avellaneda, como ese día, solamente se habla del clásico. Solo que desde aquel día todos los integrantes de la mesa de los lunes llevan su propio ejemplar de ‘Literatura de la pelota’, porque ahí estaban todas las respuestas. 

sábado, 25 de marzo de 2017

Reuniones



Podría haber sido cualquier día. Cualquier momento de calendario. Pero no. Se estableció que las reuniones en ese lugar se hacían todos los 25 de marzo. Abiertas para todos, las reuniones tenían integrantes de todos lados y de todas las edades. Y aunque sus participantes se juntaban también otros días al año, la reunión del 25 de marzo era la principal. No se podía faltar.

El fundador llegó al lugar el 25 de marzo de 1977 y dio comienzo a la primera reunión. Los juntó a todos los que estaban y se presentó. ‘Mi nombre es Rodolfo Walsh, periodista y militante. Nos reuniremos todos los 25 de marzo’, informó al resto de los presentes. En su mano llevaba un papel. Era un poema de alguien que meses más tarde se sumaría a las reuniones. Rodolfo pidió silencio y leyó:

‘A mi país se le han perdido muchos habitantes
Y dice que algún cuerpo de ejército los tiene
¿Yo señor?
Sí señor
No señor
¿Pues entonces quién los tiene?
La policía
¿Yo señor?
Sí señor
No señor
¿Pues entonces quién los tiene?’

Era el principio de ‘El gran bonete’, un poema del periodista desaparecido Roberto Santoro. Todos se preguntaron a la vez y al final del poema ‘¿Entonces quién los tiene?; ¿Entonces quién los tiene?; ¿Entonces quién los tiene?’.

Las reuniones año a año eran más concurridas. Rodolfo intuía entonces que la actualidad de su país no había cambiado y temía que el lugar en el que estaba no tuviese límite de capacidad. Seis años después de la primera reunión, Walsh contó cuántos integrantes eran hasta el momento. Lo dijo sin dudar. ‘Somos 30 mil’. Después de ese año, de 1983, el ingreso de participantes cesó notablemente. Rodolfo Walsh aseguraba que algo había cambiado y que nunca más volvería a suceder.

Aunque ya los motivos eran otros, con el correr de los años se sumaron más personas a la reunión de los 25 de marzo. Como aquella reunión de 2008 en la que un chico de dieciséis años se presentó. Los miles de concurrentes dolidos por ver en ese lugar alguien tan joven lo escucharon atentamente. ‘Mi nombre es Rodrigo. Siempre tenemos que tener una sonrisa en la cara. Y por más que me duela y nos duela que esté acá, riamos. Y riamos todos juntos, que en equipo todo es más gratificante’. El resto lo oyó y comenzaron inmediatamente a reírse. El joven Rodrigo contagiaba alegría en cualquier lado.

En otras ocasiones, las reuniones eran también reencuentros. El 25 de marzo de 2016 llegó cansado de tanto luchar el Negro Baltazar.  No necesitó presentación. Lo primero que hizo fue abrazarse con sus compañeros que no veía hace cuarenta años. El Negro ya casi no tenía fuerzas para caminar, pero no había perdido la memoria en todos estos años. Los recordaba a todos. Había luchado por ellos, por su memoria, por su verdad y por su justicia.

Este 25 de marzo de 2017 se va a llevar a cabo la cuadragésima reunión. Ya pasaron cuarenta años de aquel día en que Rodolfo Walsh llegó a ese lugar para juntarlos a todos. Ya pasaron nueve años de aquel 25 de marzo en el que Rodrigo llegó e hizo reír a todos. Ya pasó un año de aquellos abrazos del Negro Baltazar con sus compañeros de lucha. Están todos juntos, están bien.

lunes, 13 de marzo de 2017

No la soñó


Suena el despertador 4.30 de la mañana del sábado. El tipo se levanta, pasa a buscar a sus amigos, llega al lugar acordado para subir a la combi y parte con más de diez amigos rumbo a Olavarría. El tipo hace una semana venía pensando una crónica sobre lo que iba a vivir el sábado a la noche. El tipo pensaba en contar lo que caminaría, en narrar cómo fue el recital, en recordar cada instante con sus amigos. El tipo nunca tuvo en mente escribir lo que ahora escribe.

El tipo llegó cerca de las 2 de la tarde a Olavarría y seguía pensando ideas de cómo sería la crónica que venía soñando hace una semana. El tipo, como otros miles de tipos, se disponía a vivir y sentir un nuevo show del Indio Solari. El tipo junto a sus amigos comenzó la caminata rumbo al campo La Colmena bajo una lluvia que a mitad de camino cesó. Ingresó al predio alrededor de las 7 de la tarde, lo palparon y le cortaron la entrada. El tipo horas más tarde leería y escucharía que en algunos casos eso no sucedió.  

Pasaron tres horas, las luces se apagaron, se encendieron los miles y miles de celulares, la imagen de todo el predio iluminado por los aparatos se replicaba en las pantallas y el Indio con campera y gorra roja salió al escenario para abrir con el tema ‘Barba azul’. El tipo seguía pensando en su crónica, pero no sabía que eso no sería relevante. Ni ‘Porco Rex’ que siguió ni ‘Ropa sucia’ que fue el último tema de lo que fue el recital. Lo que sucedió después de ese inicio fueron pausas, preguntas, dudas y más dudas. ‘Qué pasa ahí? Dónde está Defensa Civil?’ decía el Indio y se replicaba en las 15 torres de sonido. El tipo ya sabía que su crónica no sería lo que venía pensando hace una semana. El tipo hablaba con los que tenía alrededor y todos decían ‘algo pasó o tiene miedo que pase algo’. El tipo y los que estaban con él no sabían en ese momento lo que se enterarían horas más tarde. Ni se lo imaginaba.

Las pausas fueron bastantes. En cada una se escuchaba la voz del Indio, a veces hablando con el público, a veces hablando con gente del escenario. ‘Ya no estoy para esto. Y no vengan con banderazos’. El Indio ya daba mensajes que el tipo resignificaría más tarde. El tipo por momentos dejaba de pensar en su crónica, la cual ya no tenía eje ni sabía cómo sería.

El tipo volvió a pensar en su crónica cuando el Indio habló de las Abuelas de Plaza de Mayo. ‘Si tienen alrededor de 40 años y tienen dudas sobre su identidad, acérquense a Abuelas, ellas no se van a apropiar de ustedes’. Y luego un mensaje sobre la edad de punibilidad. ‘Es una locura lo que quieren hacer. El Estado debe ser social antes que penal’. Pero no, eso tampoco sería importante en la crónica. No lo sabía en ese instante el tipo.

Tampoco sabía que ya no importaba la lista de canciones. Que ‘Todo preso es político’, que ‘Nuestro amo juega al esclavo’, que nada más importaba. Ni el sorprendente final en el que después de ‘Ji Ji Ji’ sonó ‘Mi perro dinamita’. El tipo no lo sabía ni lo suponía. Intuía junto a sus amigos que el Indio estaba raro, que algo había pasado. Pero nunca imaginó lo peor.

El tipo salió caminando junto a sus amigos en esa marea de gente que salió por el mismo lugar por el que ingresó. El tipo no negó horas más tarde que la salida fue muy desorganizada. Caminó hasta la combi el tipo y ahí se terminó de encontrar con todos sus amigos. Las primeras palabras fueron de cómo vivió cada uno el recital, de las canciones, de cómo sintió cada uno al Indio. Hasta que llegó el primer mensaje a las 4 de la mañana. ‘Están bien? Hubo muertos en el show?’ Lo que empezó después de ese mensaje no tiene ninguna relación con la crónica que el tipo soñaba hace una semana.

Lo que vino después corresponde a lo que era sin duda el eje de la crónica que ahora debía escribir el tipo. Nada de lo que había pensado importaba. O tal vez sí, pero no ahora. El tipo se enteró que hubo dos muertos y eso había que escribirlo. El tipo leyó que algunos medios publicaron con total impunidad que hubo 7 o 10 muertos y eso también había que contarlo. El tipo siguió escuchando, viendo y leyendo cómo actuaban los medios y eso también había que narrarlo. El tipo leyó muchas horas más tarde que uno de los dos muertos se llamaba Juan Francisco Bulacio. Leyó que un medio escribió ‘la segunda víctima se llama Bulacio, como Walter Bulacio que murió en el recital de Los Redondos en Obras’. El tipo sabía que a Walter lo mató la policía. El tipo había cantado la noche del sábado que ‘violencia es mentir’.

El tipo leía y veía en diferentes medios que replicaban un comunicado del Indio Solari en el que expresaba que ‘los medios vendían pescado podrido’ y agregaban que el Indio no habló de los dos muertos. El tipo entró a las publicaciones y vio que hubo otra en la que confirmaba las dos muertes y su acompañamiento a la familia. Esa publicación el tipo no la leyó ni la vio en esos diferentes medios que se unieron en contra de quien los criticaba. El tipo entendió una vez más que el corporativismo de los medios de comunicación no discrimina líneas editoriales, en esa lucha están todos juntos.

El tipo siguió escuchando, siguió leyendo, siguió viendo. El tipo, muy lejos de aquel despertador del sábado a la madrugada, piensa que se deben buscar los responsables, que una vez más la ausencia del Estado es un jugador principal, que los empresarios sólo van en busca de la plata sin importar la gente, que los medios dan asco, que las Abuelas siguen buscando nietos, que tenemos que estar atentos cuando debatan sobre la edad de punibilidad, que el Estado debe ser social, otra vez volvió a pensar que los medios le dan cada día más asco. El tipo pensó ahora esta crónica, que no la había soñado nunca.   

miércoles, 8 de marzo de 2017

Superhéroes



‘Los superhéroes son todos hombres, no existen superhéroes mujeres’, le sentenció él a ella aquel 8 de marzo en los primeros días de clase. Con escasos nueve años, ella nunca había percatado ese detalle. O sí. Pero las imposiciones de la sociedad de aquel entonces y naturalidades de ciertas cuestiones le impedían reparar en ese mensaje: no había superhéroes mujeres. Él le enumeró tantísimos nombres de personajes. Ese 8 de marzo, en esa escuela, ella tuvo su primera gran pregunta: ¿Hay superhéroes mujeres?
Llegó a su casa y, sin decir hola ni contar cómo le fue en la escuela, le consultó a su madre sobre su gran interrogante. Su madre, contenta y sorprendida por la pregunta, le respondió: ‘la respuesta está siempre en la historia y en los libros, hija’. La hija, un poco indignada porque esperaba una respuesta concreta de parte de su madre, un poco curiosa por indagar sobre el tema, fue a donde le dijeron, fue a la historia y a los libros.

A veces los dibujos o las pinturas acercan a los más chicos a los libros. Y fue por ese rumbo en el que se sumergió ella. Fue ahí, en los libros y las pinturas, que conoció a Frida Kahlo, una pintora mexicana que supo sobrepasar las barreras que imponían las sociedades contra las mujeres. ‘Pies, ¿para qué los quiero si tengo alas pa’ volar?’, leyó. Frida, como esos superhéroes, volaba y hacía volar.

Pasaba hojas y hojas y ella empezaba a responderse su primer gran interrogante. Encontraba en cada línea una nueva superhéroe. Y pensaba también en lo poco reconocidas que eran las superhéroes mujeres. Encontró también que hubo una etapa en la Argentina en que Madres y Abuelas luchaban por encontrar a sus hijos y nietos secuestrados por la más oscuras de las dictaduras. Leyó que caminaban vueltas y vueltas sin cesar en Plaza de Mayo soñando encontrarlos. Leyó también que actualmente las Abuelas siguen luchando como superhéroes y ya van más de cien nietos recuperados.

También conoció a Rigoberta Menchú, una líder indígena de Guatemala y una gran luchadora por los Derechos Humanos. En 1992, Rigoberta recibió el Premio Nobel de la Paz, aunque ese premio no la convertía en mejor o peor militante. ‘Este mundo no va a cambiar a menos que estemos dispuestos a cambiar nosotros mismos’, decía Rigoberta, una verdadera superhéroe.

A la pequeña niña de escasos nueve años le gusta también el deporte. Acaso otro mundo sometido a las autoridades machistas mundiales. En su búsqueda se encontró con Nadia Comaneci, una gimnasta rumana. Leyó y después de leer lo vio cómo Nadia con catorce años iluminó los ojos de mujeres y hombres en los Juegos Olímpicos de 1976 logrando la puntuación perfecta en gimnasia. Los jueces, entre ellos seguramente hombres, no dudaron en la calificación. Habían visto una superhéroe.

Años más tarde descubrió en la literatura del escritor uruguayo Eduardo Galeano mucho más sobre las mujeres: ‘Ninguno, ninguno, ni el más macho de los supermachos tiene la valentía de confesar ‘la maté por miedo’, porque al fin y al cabo el miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo’.

Este 8 de marzo ella con muchos más años que esos escasos nueve años recuerda aquella afirmación de su compañero de escuela: ‘no existen superhéroes mujeres’. Para ella no fue una afirmación, fue su primera gran pregunta. La respuesta, como siempre, estuvo y está en la historia y en los libros. Este 8 de marzo ella marcha junto a miles y miles de mujeres luchando por los derechos, por la igualdad y por una sociedad más justa. Ella, como miles de mujeres más, es una superhéroe.

domingo, 15 de enero de 2017

Goles de invierno



El invierno de 1987 fue diferente a todos los inviernos anteriores al de 1987 y a todos los inviernos posteriores al de 1987. En Nápoles, Italia, ese invierno se llenó de goles y de sonrisas. O sea de fútbol y de historias. Ese invierno fue para muchos el invierno más glorioso de los inviernos. Ese invierno, al sur de Italia, fue mágico.

Francisco había viajado a Europa los primeros días de enero de 1987. Luego de pasar año nuevo con su familia en Buenos Aires, partió rumbo al viejo continente en busca de nuevas historias. Un breve paso por España primero, para después arribar a Italia. El frío romano era igual al de todos los inviernos anteriores a ese invierno de 1987. Después de pasear unos días por Roma, comenzó a recorrer otras ciudades italianas. El sur fue el primer destino. Nápoles.

Diego Maradona llenaba las gargantas de gritos de gol e invitaba a ilusionar al Nápoli. Francisco no dudo un momento desde su llegada a la ciudad y buscó conseguir una entrada para ir a San Paolo, la cancha de Nápoli. Logró lo propuesto y mientras esperaba el día para ver a Diego, paseó por la costanera de la ciudad, probó la autóctona pizza napolitana y caminó por las calles llenas de ropa tendida.

Ese día Nápoli le ganó 3 a 0 al Ascoli. Y aunque Diego no hizo ningún gol, para Francisco ese día fue diferente a todos los días de ese invierno de 1987. Ese día, en esa cancha, los ojos de Francisco se llenaron de goles y sonrisas cuando vio por primera vez a Gina, una joven italiana, hincha de Nápoli. Gina seguía al club de la ciudad desde muy chica y ya de adolescente lo hacía sola. Hablaron durante todo el partido y se abrazaron como nunca en los tres goles de Nápoli.

Maradona, Gina y la encantadora Nápoles hicieron que Francisco se quede unos días más en la ciudad antes de seguir con su viaje por Europa. Siete días después Nápoli volvió a jugar de local y Gina y Francisco fueron juntos a la cancha. Nápoli volvió a ganar. El frío invierno se calentaba con goles y cánticos. “Omma, mamma, mamma, o mamma mamma, mamma ¿sai perché mi batte il cuore? Ho visto Maradona, ho visto Maradona, eh, mamma, innamorato son (oh mamá ¿Sabes porque me late el corazón? He visto a Maradona, he visto a Maradona, oh, mamá, enamorado estoy)” cantaba Francisco mientras miraba a los ojos a Gina, su Maradona.

Francisco se despidió con un hasta luego de Gina y siguió su recorrido por Europa. Tras meses de viajes y más viajes, Francisco volvió por mayo al sur de Italia. Junto a Gina vivieron el primer campeonato que ganó el Nápoli. Maradona los juntó aquel partido contra el Ascoli y nunca más se separaron.

Pasaron treinta años de ese invierno de 1987 y Maradona volvió a la ciudad. Como hace treinta años revoluciona Nápoles cada vez que va. En esta oportunidad, es para representar una obra sobre su carrera llamada “Tres veces 10”. Después de treinta años, Francisco y Gina también volvieron a Nápoles. Pero esta vez sacaron tres entradas para la obra. Una más para su hijo. Se llama Diego. 


miércoles, 16 de noviembre de 2016

Como en casa



Hugo Moyano está en la sede de Independiente para dar comienzo a una nueva asamblea. Y pese a que pocas veces asistió a la misma en lo que va de su mandato, Hugo se siente como en su casa. Casi nadie lo critica, casi nadie lo cuestiona, casi nadie le recrimina la falta de logros deportivos en sus dos años de gestión. Sin duda, está muy tranquilo.

Para entender al Hugo Moyano presidente de Independiente es inevitable e incluso necesario entender y conocer al Hugo Moyano sindicalista. No se puede separar una tarea de otra. El mismo Moyano realiza la mayoría de las firmas de contratos en oficinas de la CGT. La carrera gremial de Hugo empezó desde muy joven a los escasos 18 años. El sindicalismo, la CGT, el gremio de Camioneros es su segunda casa. En esa casa está cómodo, es el terreno que mejor maneja, en el que está hace más de 50 años. Y desde hace dos años hace que Independiente hable en ese idioma, el gremial. Y así sentirse en su casa.

Se aprobó el presupuesto y el balance en la asamblea con prácticamente todas las manos de los representantes de socios levantadas, incluidas las de la “oposición”. Es el turno de analizar la reforma del estatuto y Juan Torres, integrante de la agrupación “Lista Roja”, solicita ir a un cuarto intermedio para trabajar y profundizar más los artículos del nuevo estatuto. Hugo pide la palabra y responde como en su casa: “Llevando al nivel donde yo me manejo, al nivel gremial. Mi propio hijo Facundo promueve la democratización en los gremios. Yo también estoy de acuerdo que los gremios se tienen que democratizar al máximo y además promueven que no se permitan más de dos períodos de mandatos. Yo no estoy demasiado de acuerdo con eso. Eso es una actitud que tiene el socio de la institución, el afiliado al sindicato. Si bien uno está de acuerdo con algo, hay que buscar el momento para poder ponerlo en práctica”. Hugo Moyano le habla al socio de Independiente como le habla hace años al afiliado de un sindicato. Hugo Moyano es Secretario General de la CGT desde 2004. Hugo Moyano fue elegido Secretario General de Choferes de Camioneros de Buenos Aires en 1987, 1991, 1995, 1999 y 2003. Lejos está de limitar los mandatos a únicamente dos períodos.

Aunque no va a perdurarse en incontables mandatos en Independiente como si lo hizo a lo largo de su carrera en los diferentes sindicatos que encabezó y encabeza, entender su labor en dicha área ayuda y aporta a entender y analizar su gestión en Independiente. En la política, cualquiera sea el rubro, quien gobierna tiene dos caminos: intentar erradicar a la oposición si es que la hay y gobernar sin cuestionamientos ni rivales de renombre que pongan en duda la gestión; o en caso que haya una oposición formada, tratar de formar a dicha oposición, buscando que el rival de uno siempre sea el más débil. En la mayoría de los sindicatos de Argentina, la primera opción fue escogida por muchos dirigentes y barrieron con todo tipo de referentes opositores. Se mantienen en sus cargos hace años, en las “elecciones” ganan por más del 90% y su gestión es siempre intachable. No hay cuestionamientos ni críticas. Están como en sus casas. O mejor incluso. Y aunque la democracia no está directamente vinculada a la cantidad de mandatos ni a un día de elecciones, sí está relacionada a la existencia de otras voces, de otras opiniones, que aporten y colaboren con los que gobiernan.

Hugo Moyano llegó a la presidencia de Independiente luego de los peores diez años de la institución –algunos de los cuales participó su hijo Pablo Moyano cuando Julio Comparada era presidente, pese a que a veces la memoria de algunos falle un poco-. El poder, ese jugador silencioso y oculto, trabajó durante los meses previos a que Moyano gane las elecciones. Allanó caminos y la imagen de Hugo Moyano como candidato era la indicada en los medios de comunicación. Muchos ayudaron o muchos fueron influenciados por el poder para que se logre esa imagen. La elección estaba garantizada, no había ninguna posibilidad que gane alguna de las otras dos listas. Antes de ser presidente, Moyano ya había logrado su primer paso fundamental: Independiente era como su sindicato.

En sus dos años de gestión se encargó entonces de profundizar ese aspecto. Hizo y hace de Independiente su casa. Y para gobernar políticamente eligieron el camino sin oposiciones. En cierto punto, también es responsabilidad de la mayoría de los dirigentes opositores que son obsecuentes con el oficialismo con el objetivo de formar parte del mismo –algo que está muy lejos de ocurrir-. Pero también el oficialismo es formador de oposición, o en este caso de erradicarla y así intentar garantizarse futuras elecciones.  

Las gestiones de Julio Comparada y Javier Cantero arrasaron con Independiente, tanto económica como deportivamente. La vara había quedado por el piso. Los jugadores del poder influyeron en que esa vara haya quedado por el piso para que quienes gobiernen luego lo hagan en total tranquilidad. No obstante, en estos dos últimos años la medida fue contundente: no hay vara. “No sé olviden como estábamos con Comparada y con Cantero” como respuesta principal a cualquier cuestionamiento de algún periodista que no forme parte del blindaje mediático que tiene mayormente la actual Comisión Directiva. No hay vara hoy en Independiente.

Hugo Moyano da por concluida la asamblea. Todo lo propuesto fue aprobado –presupuesto, balance y estatuto-. Está como en su casa. Casi sin críticas, casi sin cuestionamientos. Pero también prácticamente sin logros deportivos y sin otras voces. Y entre las casas de Hugo hay una diferencia fundamental: los sindicatos no tienen arcos. 

domingo, 30 de octubre de 2016

El Pelusa


Los integrantes de la mesa del bar se juntaban todos los últimos domingos de cada mes. Entre café y café, los análisis más profundos de fútbol y política salían de las bocas de los integrantes de la mesa del bar. Le decían la mesa del bar, porque era así, distinta al resto. Aunque era de cuatro patas y del mismo material que las otras, la mesa del bar era la mesa del bar. Así lo creían sus integrantes y todos los que se acercaron en algún momento al bar. El último domingo de octubre de 2016 no fue como cualquier otro domingo del año ni como cualquier otro domingo de octubre de años anteriores. El último domingo de octubre de 2016 fue justo 30 de octubre, cumpleaños número 56 de Diego Armando Maradona, y la mesa del bar ese día tuvo un solo tema de conversación: Diego.

El Gordo, socio fundador de la mesa del bar, se pidió el primero de los café que se pediría ese último domingo de octubre y sentenció que nadie sabía más de Maradona que él. “Yo estuve el día que Diego debutó en Argentinos y le tiró un caño a Cabrera de Talleres”, aseguró con firmeza. El resto de los integrantes de la mesa escuchaban con atención, mientras aguardaban su turno para contar más historias sobre Diego.

El Tano, que vivió diez años en Italia, lo interrumpió rápido al Gordo y afirmó que él estaba en la cancha el día que Diego le convirtió aquel histórico gol de tiro libre desde adentro del área a Juventus en el repleto estadio San Paolo. “Yo nunca vi nada igual, es imposible que una persona haga eso”, expresó el Tano, que era profesor de física y matemática y probó todo tipo de fórmulas para explicar la trayectoria que realizó ese día la pelota luego de despegarse de la zurda de Diego.

El Alto, lector de libros y de partidos, les garantizó al resto de los integrantes de la mesa del bar que Diego no era simplemente un futbolista, sino que también Diego hacía del fútbol un partido de ajedrez. Y regaló para la mesa del bar algunas partes del poema de Borges “Ajedrez”: ‘Cuando los jugadores se hayan ido, cuando el tiempo los haya consumido, ciertamente no habrá cesado el rito… No saben que la mano señalada del jugador gobierna su destino, no saben que un rigor adamantino, sujeta su albedrío y su jornada… También el jugador es prisionero, (la sentencia es de Omar) de otro tablero, de negras noches y blancos días’. “Borges era un crack, como Diego”, agregó el Alto.

Las historias pasaban como pasaban los café en el último domingo de octubre de 2016. Pero alguien se acercó ese día a la mesa del bar. Un joven, que estaba tomando una cerveza en el bar aquel día caluroso de octubre, interrumpió las palabras y los café y les dijo: ‘Disculpen que me sume. Incluso disculpen mi molestia. Pero les tengo que contar algo. Tengo 25 años. Y no, no lo vi en vivo a Diego por esas cuestiones de que uno nace cuando le toca y no cuando elige. Pero vi sus vídeos, vi sus jugadas y sus luchas. Lo vi y lo leí. Me emociono en cada relato y en cada historia. Me indigno en cada derrota y en cada injusticia. Lo entiendo y no lo juzgo. Es genuino y argentino. Y aunque muchos los juzguen con una vara siempre injusta, yo elegí aprovechar la oportunidad que nos dio de quererlo’. El joven se sentó ese día y todos los últimos domingos de cada mes en la mesa del bar. El Gordo, el Tano, el Alto y el resto de los integrantes lo llamaron desde ese día ‘Pelusa’. 

jueves, 20 de octubre de 2016

A primera vista



Mientras esperaba para ver aquel Argentinos Juniors – Talleres del 20 de octubre de 1976, Pedro tomaba un café en un bar de la esquina de Juan B. Justo y Boyacá o en algunas de las esquinas porteñas cercanas a la cancha de Argentinos. Restaban pocos minutos para el comienzo del partido y ya Pedro llamaba al mozo para que le cobre, cuando las puertas del bar se abrieron y entró ella, morocha, radiante y con una sonrisa que iluminaba ese miércoles primaveral de octubre. Pedro la vio como nadie la vio ese día y todos los días que antecedieron y siguieron a ese día. Pedro la vio a ella como nunca había visto a una mujer. Era un amor a primera vista. Pero el fútbol y aquel Argentinos – Talleres impidieron que Pedro se arrime a su mesa, por lo que pagó su café y se dirigió rumbo a la cancha.

El estadio estaba repleto. Tantísimos cordobeses habían viajado para ver a Talleres. El Hacha Ludueña llenaba las gargantas de gol de esos cordobeses, convirtiendo el 1 - 0. En la semana, el técnico de Argentinos Juan Carlos Montes se había acercado en el entrenamiento al quinceañero Diego Maradona para decirle que se prepare, que iba al banco de Primera. Corrió  Diego hasta su casa. “’Mamita, mamita’ se acercó gritando; la madre extrañada dejo el piletón; y el pibe le dijo riendo y llorando: ‘El club me ha mandado hoy la citación’, escribió para siempre y para todos Reinaldo Yiso. Don Diego y Doña Tota reían y lloraban de la emoción.

Pedro observaba desde una de las tribunas de ese estadio ya viejo de la Paternal. Montes lo miró desafiante a Diego y él, a diez días de cumplir dieciséis años, le mantuvo firme la mirada. “Vaya, Diego, juegue como usted sabe... Y si puede, tire un caño”, le indicó Montes.

Hay historias que tienen principio y tienen final. Otras que sólo finales, o sólo principios. Ese día empezaba la historia entre las historias de fútbol. Empezaban risas y lágrimas. Diego entró a la cancha y a los corazones de todos. Recibió la pelota y dibujó un caño entre las piernas de Juan Domingo Cabrera grabado en las retinas de todas las personas que habían colmado la cancha. Pedro, sentado y angustiado todavía por no haberle podido hablar a ella, la morocha radiante y sonriente del bar, miró a Diego y río. Miró el caño y aplaudió. Miró y entendió: eso era un amor a primera vista.

Habían pasado dos semanas y Pedro volvió a pedir un café en el bar de la esquina de Juan B. Justo y Boyacá o en alguna otra esquina cercana a la cancha de Argentinos esperando ir nuevamente a la cancha. Faltaba para el comienzo del partido, cuando volvió a entrar ella, morocha, radiante y sonriente. Pedro la vio como la vio aquel 20 de octubre de 1976 minutos antes del debut de Maradona. Ella, única y mágica. Ella, moracha y radiante, tenía puesta la camiseta de Argentinos Juniors y en su espalda un número brillaba. Era el dieciséis que usaba Maradona. Pedro la vio y le regaló sonrisas, las mismas que le regalaría a Diego por años y años. Esta noche Pedro festejará junto a ella los 40 años del debut de Maradona. En dos semanas, ella y Pedro festejarán 40 años de amor, sonrisas, lágrimas, caños y goles juntos. 40 años de amores a primera vista. 

domingo, 21 de agosto de 2016

El maestro olímpico



Maestro de primero a sexto, dentro y fuera de las aulas. Martín es simplemente eso, un maestro. Enseña y aprende con sus estudiantes. Y aunque a veces sus alumnos se dispersan o reniegan de un tema, él siempre encuentra el modo de ejercer la docencia, de enseñar y aprender, y sobre todas las cosas de jugar. Y los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro fueron la excusa ideal de Martín para las clases durante dos semanas de agosto.

Las clases de ciencias naturales se sumergieron en lo más profundo de las aguas. Sus estudiantes, fieles criticadores de los temas que propone la naturaleza, descubrieron para el aula y para el mundo que hay un nueve pez en el planeta y que sin muchos preámbulos determinaron llamar a esa especie por su nombre: Michael Phelps. Después de colgarse medallas y medallas de oro, minutos después de su última participación en los Juegos, después de su último oro y después del agradecimiento de Phelps a sus compañeros de posta por participar en su última carrera, los estudiantes de Martín se tiraron a la pileta y nadaron en tiempos récords en los libros de ciencias naturales.

En esos libros y en esas aguas encontraron a dos navegantes de la vida. Cecilia Carranza y Santiago Lange, los argentinos que obtuvieron la medalla dorada en vela, acompañaron a los chicos a navegar todo tipo de agua y cada uno de los días posteriores. Mientras navegaban en la historia de los vientos y las aguas, descubrieron que Santiago Lange en 2015 había superado un cáncer de pulmón y Martín y sus alumnos consensuaron que eso ya lo convertía en un olímpico de la vida y festejaron una nueva medalla para Argentina.

Las clases de arte también tuvieron su distinción. Martín, maestro y jugador de todos los Juegos, no dudo en traer a su aula a Simone Biles, la gimnasta estadounidense que enamoró y emocionó al mundo con la belleza de sus saltos. Ganadora de cuatro medallas de oro, Biles logró que los estudiantes de Martín saltaran para siempre a los cuadros de Picasso, porque tanto para Martín como para sus alumnos lo de Biles era sin duda arte en su máximo esplendor.

Cada día de estas dos semanas de agosto, Martín les aseguraba a sus estudiantes que cada clase quedaría en cada uno de ellos para siempre. Lo decía convencido, seguro, sin temor a equivocarse. Para Martín cada aula en la que entraba era para él una verdadera Generación Dorada como la Selección Argentina de Básquet y aseguraba que toda generación dorada trasciende épocas y momentos. Y aunque esta vez no logró encontrar un tema específico de los que proponen los subjetivos planes de estudios, Martín llevó a Ginóbili, Scola, Delfino y Nocioni a sus aulas. Lo hizo con un solo propósito: contarle a sus estudiantes que el paso por la escuela como determinadas generaciones de jugadores sólo duran algunos años, pero que se guardan para toda la vida.

Las clases olímpicas de Martín eran sobre todas las cosas olímpicas, sin medallas que impongan los nombres. Por eso un día les contó a sus estudiantes, a sus compañeros de aula, sobre su sobrina María, que trabaja sin relojes ni calendarios y no se cansa nunca de ayudar a quienes sufren la injusticia más dura como es la desigualdad social. Martín sabe que su sobrina María vive luchando contras las desigualdades, por cambiar cada día un poco más el mundo, y eso la convertía sin duda en una persona olímpica. Los estudiantes de Martín no solamente determinaron entregarle una medalla dorada a María sino que también empezaron a pelear por la inclusión y la igualdad social.

Los Juegos regalaron historias y Martín y sus estudiantes leían y conocían cada una de ellas. Cada uno de los días antes de subir a las aulas, los alumnos de Martín y los alumnos de otros maestros deben juntarse en el patio del colegio para izar la bandera. Este es el primer momento que los chicos reniegan de la escuela, el orden tan temprano en la mañana. Martín, jugador de toda la cancha y a toda hora, jugó con las formaciones. Desde el más pequeño al más alto llevaron durante dos semanas un nombre. Los nombres variaban a diario, pero hubo dos que nunca faltaron: siempre dijo presente primera en la fila Paula Pareto, ganadora de la medalla de oro en judo con un metro cincuenta, y siempre estuvo al final de la fila Juan Martín Del Potro, que a pesar de medir casi dos metros no se le complicó para que le cuelguen la medalla de plata.

Entre juegos y más juegos, las clases de matemática llenas de números jugaron a la par de Río de Janeiro. Y lo hicieron con quien desafía hace tres Juegos Olímpicos los números de los récords. En las clases de matemática los estudiantes de Martín jugaron a ser Usain Bolt. Minutos antes que termine cada una de las horas de matemáticas, Martín les presentaba a sus estudiantes un problema matemático para que lo resuelvan en los mismos tiempos en los que Bolt corre 100 y 200 metros. Los chicos, interesados esta vez en los números, lograron resolver miles y miles de problemas. Lo hicieron como cada carrera de Bolt y los terminaron como Bolt termina cada carrera: felices y disfrutando. El único problema que no lograron resolver hasta el momento es cómo explicar que existe Bolt, que vuela sobre las canchas y que desafía todo tipo de números.


Pasaron los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, pero las clases de Martín siguen. Ahora sus estudiantes profundizan en cada uno de los temas. Faltan cuatro años para Tokyo 2020, pero algo saben Martín y sus alumnos: olímpicos hay que ser todos los días. 

miércoles, 22 de junio de 2016

Las gambetas del Negro y Diego



El 10 de junio de 1986 mientras Argentina le ganaba 2 a 0 a Bulgaria en el Mundial de México, con goles de Jorge Valdano y Jorge Burruchaga, el Negro Baltazar festejaba su cumpleaños número 46. Festejaba con su familia y sus compañeros. Festejaba el segundo triunfo de la selección en el mundial y el pase a octavos. Pero sobre todas las cosas el Negro Baltazar el día de su cumpleaños festejaba que con ese resultado los cuartos de final podían ser contra Inglaterra. No lo decía entre sus familiares y compañeros porque primero estaban los octavos de final contra Uruguay. Pero el Negro estaba convencido, los cuartos iban a ser contra los ingleses.

El Negro Baltazar miraba el Mundial del ’86 por Argentina, por el fútbol y por Maradona. Se quejó por las patadas que lo hostigaron en el partido frente a Corea del Sur. Se enamoró una vez más de Diego con el gol a Italia. Se puso ansioso en los partidos contra Bulgaria y Uruguay porque Diego no convirtió goles. Pero el Negro Baltazar sabía que la historia se escribe con lucha y compañerismo, y el partido de cuartos era el momento de la historia para escribir un capítulo único. 

En el fútbol, como en la vida, las gambetas eluden mucho más que jugadores. Una gambeta saca del camino a cuanta injusticia se interponga en el trayecto. Eso lo sabía Diego y lo sabía el Negro Baltazar, que hacía 46 años gambeteaba en la vida. Sus gambetas no fueron con la pelota ni tampoco solitarias. Porque una gambeta, un engaño al rival, necesita la ayuda de un compañero, de alguien que esté presente para generar incertidumbre en el contrario. El Negro Baltazar, militante de la vida y de sus ideales, gambeteó injusticias y persecuciones políticas. Gambeteó destinos y mudanzas obligadas porque unos pocos buscaban desterrar sus ideales e imponer el miedo. Diez años antes que empiece el Mundial del ’86, se iniciaba en Argentina la más siniestra historia de las dictaduras cívico-militares. Desde aquel día, y de antes también, el Negro Baltazar gambeteaba junto a su familia y compañeros secuestros y torturas.

El Negro Baltazar veía en Diego a un gambeteador de la vida. Porque Diego gambeteaba dentro y fuera de la cancha. Adentro lo hacía con los rivales. Afuera gambeteaba a las injusticias sociales del día a día. Ambos gambeteaban y luchaban. Los dos siempre con la camiseta de su país, de Argentina, que la defendían a diario.

Doce largos días pasaron del cumpleaños número 46 del Negro Baltazar para llegar finalmente a los cuartos de final contra Inglaterra. Habían pasado cuatro años de la inentendible guerra de Malvinas y las comparaciones eran inevitables. “Este será un partido ideal para que se confundan los imbéciles”, escribió Jorge Valdano horas antes del partido. El Negro Baltazar estaba muy lejos de esa comparación. No lo veía como una revancha. Pero el corazón en el fútbol, como en la vida, tira mucho por la bandera y en este partido el corazón jugaba un papel protagónico.

El Negro Baltazar lo vio tan ansioso como convencido ese partido. Confiaba en su país y en Maradona. Y no se equivocó. Diego gambeteó, jugó con un compañero como hacía el Negro Baltazar en la vida, y engañó a árbitros y jueces. El puño izquierdo, símbolo de lucha, llegó más lejos que las manos y los ojos del arquero inglés Peter Shilton. La pelota entró picando al arco y Diego salió corriendo festejando el primer gol argentino. Era “la mano de Dios”, la de un pueblo abatido por la injusticia de una guerra. No era revancha ni justicia divina. Porque esto no era un robo, no era un robo como aquel de hacía cuatro años, impune e injusto. Esto era gambeta y engaño. Era el puño de Maradona y los puños de miles de compañeros que lucharon como el Negro Baltazar. Pero el Negro seguía convencido de algo: no alcanzaba con el engaño, con la mano izquierda del lado de la justicia, faltaba algo más, faltaba el fútbol, faltaban gambetas.

“Gambeteando a todos enfrentó al arquero; y con fuerte tiro quebró el marcador” dice el tango de Reinaldo Yiso graficando lo que fue un derroche de gambetas en el Estadio Azteca. Cinco minutos después de la mano que engañó a todos, Diego se vistió de Negro Baltazar, de héroes de guerra, de compañeros desaparecidos, de marginados por las desigualdades sociales, y se lanzó al mundo a gambetear ingleses. Gambeteó a todos como canta el tango. Tenía razón el Negro Baltazar. No alcanzaba con la mano, faltaba la gambeta tan suya como de Diego. No era un partido más ni tampoco era una revancha. Así lo sentía el Negro Baltazar, que festejaba los goles y las gambetas de Diego.

Con el pasar de los años, Jorge Valdano, que esperó el pase de Diego en toda la jugada y disfrutó el gol como todos, sentenció "en un partido de un grandísimo valor simbólico, Maradona mostró las dos formas de ser del argentino. En el primer gol muestra la picardía criolla o la viveza. Argentina es un país donde el engaño tiene más prestigio que la honradez. Pero también tiene otra cara. Es la del virtuosismo y la habilidad. En el segundo gol Maradona corona el partido con una obra de arte. Es la habilidad, la gambeta, la nuestra". Valdano resumía todo en una frase. Resumía la jugada que quedaba grabada para la eternidad en la retina de él y de miles de personas. Y en las retinas de Manuel Alba Olivares, un colombiano que hizo conocer Eduardo Galeano, gambeteador en la vida y con las palabras, en “Los hijos de los días”. Esas gambetas fueron las últimas imágenes de Manuel, que a los once años y cuando Diego empujaba la pelota a la red, sus ojos se cerraron para siempre. Desde aquel día, Manuel pide prestados los ojos de sus amigos para ver gambetas en el fútbol y en la vida.


El 25 de marzo de 2016, un día después de la multitudinaria marcha - en la que estuvo presente su familia y sus compañeros- en recuerdo a los 30 mil desaparecidos en la última dictadura cívico-militar, a 39 años de la desaparición del periodista, escritor, luchador, gambeteador, militante y compañero Rodolfo Walsh, a casi 30 años de aquellos festejos por su cumpleaños número 46 y los goles de Diego, el Negro Baltazar no pudo gambetear más internaciones, ampollas ni enfermedades. Trascendieron sus ideales y sus gambetas. Sus compañeros que no veía hace 40 años lo esperaban para gambetear nuevas  aventuras de militancia y de principios. Acá seguiremos, como el Negro Baltazar y Maradona, gambeteando injusticias por la memoria de quienes lucharon con gambetas. 

lunes, 6 de junio de 2016

El farolero Ali



Esta vez tenía razón. Desde aquel abril de 1943 cuando usted Antoine de Saint Exupery publicó “El Principito” nos preguntamos por la frase que inmortalizó para la eternidad. “Lo esencial es invisible a los ojos”. Le confieso Saint Exupery que tengo mis dudas en ciertas ocasiones. Pero esta vez, esta vez usted tenía razón.

"Este hombre, quizás, es absurdo. Sin embargo, es menos absurdo que el rey, el vanidoso, el hombre de negocios y el bebedor. Su trabajo, al menos, tiene sentido. Cuando enciende su farol, es igual que si hiciera nacer una estrella más o una flor y cuando lo apaga hace dormir a la flor o a la estrella. Es una ocupación muy bonita y por ser bonita es verdaderamente útil", sentenció el Principito describiendo aquel farolero de ese quinto planeta que nos regaló usted Saint Exupery. Y repito, esta vez tenía razón. La vida y este planeta, que no es el quinto planeta del que hablaba el Principito, sino más bien el tercero según nos indicaron las maestras de los primeros grados de nuestra infancia al estudiar el sistema solar, está lleno de faroleros que prenden estrellas o flores en cada momento.

La ocupación de Muhammad Ali fue mucho más que ser boxeador, fue mucho más que ser uno de los mejores deportistas de la historia. Su ocupación fue siempre farolero, como decía usted Saint Exupery. Si, farolero. El deporte fue el medio que escogió para encender estrellas y flores en cada lugar donde estaba.

Arriba del ring peleaba contra los mejores. Perdió grandes peleas y ganó otras tantas históricas. Abajo del ring luchó contra los peores, contra los más poderosos, sin miedo a exponer un sistema perverso que, como dijo usted Saint Exupery, era invisible a los ojos. Ese poder real, la esencia del sistema más injusto, era invisible a los ojos del mundo. Ali simplemente encendió los faroleros para que el mundo habrá los ojos y luche contra la injusticia más injusta que reina hasta ahora: la desigualdad social.

Tal vez fueron los ojos de aquella moza de un bar de la ciudad estadounidense Louisville los que primero se empezaron a abrir ante la lucha de Ali en 1960. Todavía con el nombre de Cassius Clay, que luego cambiaría por Muhammad Ali tras incorporarse al Islam, Ali obtuvo para los Estados Unidos la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma. Su sueño en aquel momento no se vinculaba a la emoción de escuchar el himno de su país ni de alzarse con la medalla en lo más alto del podio. Su sueño era un mundo más justo e igualitario. Y no espero en empezar su lucha. El primer round fue ahí en Louisville con aquella moza. Ali, campeón olímpico y representante del país en que se encontraba, le pidió un café, mientras estaba acompañado de su medalla dorada. La moza, como si fuese George Foreman, golpeó en lo más profundo a Ali. “No servimos a negros aquí”, sentenció ella. Los ojos de aquella moza hasta aquel momento estaban cerrados.

Debo remarcarle una cosa a usted Saint Exupery. Hubo alguien que si vio en aquel entonces lo esencial de Ali, su lucha social. Fue su rival. Amenazado por su repercusión mundial y popularidad, quienes imponían la desigualdad social, el racismo, vieron en Ali su rival más difícil de noquear. Y es que si una piña lo tiraba a la lona, Ali siempre encontraba las fuerzas para ponerse de pie y seguir luchando. El 8 de mayo de 1967 el Gran Jurado Federal de los Estados Unidos lo acusó formalmente de deserción, luego de que Ali se negara a ir a la Guerra de Vietnam con el ejército de su país. "No iré a tirar bombas en Vietnam mientras a los «negros» de mi tierra los tratan como a perros. El verdadero enemigo de mi gente está aquí. No traicionaré a mi religión, a mi gente ni a mí mismo convirtiéndome en un juguete para esclavizar a quienes luchan por justicia, libertad e igualdad. ¿Y si voy preso qué? Ya estamos presos desde hace 400 años", justificó Ali. Le quitaron su título mundial de pesos pesados y le suspendieron su licencia de boxeador por cuatro años. Le sacaron lo visible a los ojos de un mundo ciego en aquel entonces. Pero lo esencial de su vida, eso invisible a los ojos como nos enseñó usted Saint Exupery, estaba intacto. La lucha por un mundo más justo no terminaba. La campana no había sonado.

Ali le dijo que no a lo impuesto por el sistema. Luchó contra la Guerra de Vietnam, contra el racismo, luchó por los marginados. Y trascendió fronteras. Los faroles que encendía en cada punto del planeta Ali iluminaban a estrellas y flores que germinaban para crecer desde ese momento. La visita de Muhammad Ali en cada lugar era el comienzo de un camino de lucha constante. Y aunque el poder más siniestro de todos le quitaba títulos, licencias, posibilidades de subir a un ring, lo visible a los ojos, la esencia de él estaba intacta.

Pero algo entendió Ali. Los faroleros que usted nos enseñó Saint Exupery no pueden solos. Necesitan juntarse. La lucha en sociedad noquea cualquier rival que suba al ring. Por eso se juntó con Mandela.  Por eso charló y luchó junto a Malcom X, activista estadounidense,  por los derechos de los afroamericanos.

En 1974 lo visible a los ojos, pero no tan esencial para Ali, volvió a su poder. El título mundial de los pesos pesados volvía a su verdadero dueño. Lo esencial en la vida de Ali, invisible para quienes impedían que se perciba su revolución, seguía a paso firme. La justicia y la igualdad social eran los motivos de cada farol que encendía Ali.

El parkinson fue, tal vez, el rival al que nunca supo cómo pelearle. Desde que se subieron al ring, Mr. Parkinson lo tuvo contra las cuerdas y Ali simplemente aguantaba los golpes y otros los esquivaba. Mientras tanto el mundo empezaba a observar lo que tanto quiso mostraba Ali. No estaba seguro, pero seguramente ya podría ir a tomar un café a aquel bar de Louisville, donde lo echaron a principios de la década del ’60. Finalmente, el 3 de junio de 2016 el parkinson lo terminaría de noquear.


Es verdad Saint Exupery. Tenía razón usted. “Lo esencial es invisible a los ojos”. Los títulos, las medallas no son lo esencial en la vida. Lo esencial será siempre la lucha por un mundo más justo e igualitario. Eso que el siniestro poder quiere ocultar. Por suerte hay faroleros como Ali que vienen al mundo a iluminar estrellas y flores que prenden hasta la eternidad, como “El Principito”.