El tío Carlos era un obsesivo de la opinión pública. No pasaba
un día sin preguntarse qué pensaban los otros de él. Trabajaba día y noche no
por beneficios económicos ni por mero placer. Su principal objetivo era que
cada persona que hablé del tío Carlos diga que era una laburante como pocos.
Suelo acordarme en variadas situaciones del tío Carlos.
Relator de anécdotas como pocos, tenía siempre algo para narrar. No obstante,
así como lo caracterizaba su obsesión por “el qué dirán”, también lo definía su
lejanía con el fútbol. Nunca le interesó jugarlo y mucho menos verlo. Y fue el
pasado fin de semana en que volví a recordar sus manías, sus principales
preocupaciones, su obsesión por lo que piensa el resto. Y raramente el recuerdo
sucedió en una cancha de fútbol, aunque se extendió durante varios días de la
semana. Fue en la cancha de Racing, el día del partido contra Independiente. Un
estadio colmado por hinchas de Racing y con sólo un puñado de dirigentes de Independiente.
A veces se me viene a la cabeza la constante inquietud del tío Carlos por saber
qué pensarán de él y después veo tribunas repletas de hinchas locales sin
visitantes y ahí prefiero no seguir el camino del tío, prefiero no saber qué
pensarán los otros de que no podamos tener dos hinchadas en una misma cancha.
Sin embargo, ese día no pensé en el tío Carlos a partir de
la injusta decisión de que no haya hinchas visitantes hace años. Fue otro el
motivo. El partido ya llegaba a su fin y Racing le ganaba el clásico a
Independiente. Las gastadas al rival ya empezaban a sonar y se dirigían hacia
ese minúsculo grupo de dirigentes que se ubicaron en un corralito. Pero esta
vez los gritos no eran a favor de Racing ni muchos menos contra Independiente.
El destinatario principal de gran mayoría de los cánticos era Camioneros, el
sindicato que está bajo el poder del presidente de Independiente Hugo Moyano. La
relación que se hacía entre Independiente y Camioneros podría ser folklórica,
una canto más, pero era sobre todas las relaciones posibles una relación
tortuosa. Dolía mucho más que cualquier otro canto. Incluso mucho más que el
partido en sí. Sin duda duele ver cuando el equipo del cual sos hincha se
propone no cruzar mitad de cancha ni acercarse al arco rival. No obstante, el
dolor de dicho canto va mucho más. Porque no se queda en unos simple noventa
minutos. Ese dolor tiene fecha de producción, pero principalmente no tiene
fecha de vencimiento.
El canto no es la confirmación de qué es hoy Independiente.
Es folklore y se entiende. Sin embargo, ahí volvía a recordar la obsesión del
tío Carlos y sabía que ese canto no debía quedar en un simple detalle del folklore.
Cuán lejos está Independiente, mi Independiente, el de los hinchas, el de los
socios, de ser Camioneros. Cuán lejos está Independiente en no parecerse a un
club. Cuando las decisiones se definen entre unos pocos, cuando la sede del
club es una simple foto sin movimientos, cuando las reuniones cambiaron de
escenario, la fecha de vencimiento es indeterminada. Aunque tal vez lo que si
empieza a fijar una fecha de vencimiento son los valores de un club.
Pasó una semana y sigo pensando en mi tío Carlos. Sigo
obsesionado por saber qué es hoy Independiente, sigo obsesionado por saber qué
piensa el resto de Independiente, sigo obsesionado por saber si quienes están
al cargo del club son como era mi tío Carlos que trabajaba de día y noche. Sigo
obsesionado por mantener la identidad de mi club.
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